miércoles, 9 de enero de 2013

Sin recursos y personal, Ley de Víctimas “será un sueño devorado por una pesadilla”: Sicilia



MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx) El poeta Javier Sicilia demandó hoy al presidente Enrique Peña Nieto crear un Sistema Nacional de Atención a los dañados por la guerra contra el narco, porque sin su concreción, la hoy promulgada Ley General de Víctimas “será sólo un sueño devorado por una pesadilla”.
El dirigente del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad mencionó:
“No basta una ley para que se cumpla, se necesita un instrumento, un sistema nacional de atención a víctimas, un sistema honesto, dotado de recursos y personal para atender la crisis humanitaria que enfrenta la nación, sin él, será una letra muerta, una buena intención”, afirmó.

Sicilia demandó también crear los protocolos necesarios para que la Ley de Protección a Defensores de Derechos Humanos y Periodistas tenga peso y realidad.
Y exigió, igualmente, la creación del Memorial de las Víctimas de la Violencia en México, desdeñado por el expresidente Felipe Calderón.
Sicilia fue uno de los oradores en el acto donde se difundió la Ley General de Víctimas y al que asistieron, además del presidente Peña Nieto, los titulares de la PGR, CNDH y los presidentes de las Cámaras de Senadores y de Diputados.
Al finalizar su intervención, el poeta pidió poner fecha para una próxima reunión donde surja una ruta para la paz y la justicia.
A continuación el discurso íntegro de Sicilia:
Antes de dar nuestra palabra en este momento fundamental para el país, quisiéramos comenzar con unos versos del poema “Desaparecidos” de Mario Benedetti: “Están en algún sitio / concertados/ desconcertados / sordos/ buscándose / buscándonos/ (…)/ cuando empezaron a desaparecer/ como el oasis en los espejismos/ a desaparecer sin últimas palabras/ tenían en sus manos los trocitos/ de cosas que querían/ están en algún sitio / nube o tumba/ están en algún sitio / estoy seguro/ allá en el sur del alma/ es posible que hayan extraviado la brújula/ y hoy vaguen preguntando preguntando/dónde carajo queda el buen amor/ porque vienen del odio”.
Porque hoy es un día en que en medio de tanto odio, de tanta noche, de tanto dolor que continúa, el buen amor ha salido por fin al encuentro de las víctimas, de los muertos, de los desaparecidos y de la justicia que tanto han buscado, abracémoslos y abracémonos con un minuto de silencio.
Buenas tardes Sr. Presidente Enrique Peña Nieto y señoras y señores que lo acompañan; buenas tardes señoras y señores legisladores, buenas tardes hermanos y hermanas del MPJD y de todas las organizaciones sociales que hoy están aquí; buenas tardes hermanos y hermanas que no han dejado de acompañarnos en la búsqueda de la justicia y de la paz.
Hoy es un día puntuado por una paradoja: la tristeza y la alegría. La tristeza, porque esta Ley General de Víctimas que por fin ha sido publicada y hoy se nos entrega, no debió haber sido. Es la consecuencia de la no aplicación de las leyes que están hechas para la protección y la justicia de los ciudadanos; es la consecuencia de la impunidad, de la corrupción, del desprecio, de la erosión del esqueleto moral y político del Estado mexicano, y de una guerra que nunca debió haber sucedido. La alegría, porque frente al dolor y el sufrimiento de esas graves omisiones, esta Ley abre una esperanza: la esperanza de la justicia y de la paz, la esperanza de la palabra cumplida, la esperanza de un Estado que rompa la espantosa brecha entre ciudadanos y autoridades que tanto daño ha hecho al país y a la democracia, la esperanza de la vida contra la muerte, de la unidad del amor contra el odio, la esperanza de una nación que se rehace de sus miserias.
Ustedes, señores legisladores, cumplieron como representantes de un pueblo que en sus víctimas reclama una justicia que se le debe; usted, señor Presidente, cumple no sólo con esa justicia que había sido traicionada, sino con lo más sagrado que un ser humano tiene: su palabra, la que usted empeñó en los Diálogos por la Paz que sostuvimos el 28 de mayo en el Alcázar del Castillo de Chapultepec con los entonces candidatos y candidata a la Presidencia de la República. Usted ha hecho posible el deseo que un día le expresamos las víctimas citando a otra víctima, el poeta Paul Celan, el deseo “de que la piedra pueda florecer,/ de que en la inquietud palpite un corazón./ (de que el ) tiempo (sea por fin el) tiempo”. Esperamos que el Poder Judicial siga este ejemplo y cumpla sus obligaciones ante la nación.
Lo reconocemos, lo saludamos, lo abrazamos, lo celebramos como un consuelo y una esperanza que nos llega en medio de la noche, como un primer paso hacia la justicia y la paz que necesita la nación, y como un gran y profundo gesto democrático. Sin embargo, como todo primer paso, no basta. Una Ley para que se cumpla necesita un instrumento. La Ley General de Víctimas, que hoy usted ha promulgado y nos entrega, necesita, como esa misma Ley lo indica, un Sistema Nacional de Atención a las Víctimas, un sistema honesto, dotado de los suficientes recursos y del suficiente personal para atender la enorme dimensión de la crísis humanitaria que enfrenta la nación, un sistema que requiere, además, de la unidad de todos. Sin él, la Ley General de Víctimas será sólo letra muerta, una buena intención en medio del infierno, un sueño devorado por la pesadilla que no hemos dejado de habitar; un sistema que permita no sólo la justicia para los asesinados y los violentados en su dignidad, sino la vuelta a casa de los desaparecidos. Una nación democrática, una nación que se respeta, no puede aceptar no saber dónde se encuentran más de 20 mil hijos suyos, no puede aceptar que miles de sus hijos sean arrojados sin identificar a la fosa común.
Hoy, señor Presidente, que celebramos este primer paso dado, demos juntos el segundo y empecemos desde hoy a edificar no sólo ese Sistema Nacional de Atención a las Víctimas para que la Ley encuentre su rostro, sino también a crear los protocolos necesarios para que la Ley de Protección a Defensores de Derechos Humanos y Periodistas tenga peso y realidad. También exhortamos desde aquí a los poderes legislativo y ejecutivo a no permitir la regresión en materia de derechos humanos que podría implicar la propuesta de reforma al Artículo 1º Constitucional.
Hay un tercer paso que dar, señor Presidente. No habrá suficiente justicia para los muertos si no recuperamos su memoria, sus nombres, sus historias, su presencia entre nosotros. El MPJD ha hecho ya, al respecto, una declaratoria: la creación del Memorial de las Víctimas de la Violencia en México en el centro mismo de lo que hoy es ese monumento mal llamado Estela de Luz (le hago entrega, Sr. Presidente, de esa declaratoria). Esperamos que al igual que se ha hecho con la Ley General de Víctimas, este pendiente se cumpla para que la justicia que les debemos a los muertos y nos debemos a los vivos no tenga de qué avergonzarse.
Hay, por último, un cuarto paso que dar. No habrá verdadera justicia si no hay un camino hacia la paz. Ese camino que, como dijo Gandhi ‒y usted hizo suyas sus palabras en los Diálogos de Paz‒, es la paz misma. Paz que no puede hacerse sin todos.
La idea de un pacto por México como el que usted ha convocado, puede llegar a ser, al igual que la Ley que hoy recibimos, un paso de paz si se hace y se da con todos, y al decir todos hablamos de todos los grupos que conforman la nación. Somos todos ellos los que juntos podemos no sólo comunicar sino construir una comunión que pueda redundar en una Ley de Seguridad Humana y Ciudadana que ponga énfasis en los derechos humanos, en un cambio de estrategia en el combate al crimen, en una limpieza real de los delincuentes que hay en todos los órdenes del gobierno, y en la necesaria construcción de un México donde quepan muchos Méxicos. Sin esa Ley, sin ese énfasis, sin esa limipieza, sin ese cambio, sin esa construcción, trabajados por y con todos, las víctimas seguirán acumulándose y la vida democrática del país quedará destrozada bajo el desprecio de la violencia y el crimen.
Hemos sido y no hemos dejado de ser modestos y realistas. Allí donde la desmesura del orgullo ha señalado el ideal extravagante, nosotros hemos colocado la mesura de las utopías modestas. Sabemos que entre más impracticable es el ideal, mayor es el fracaso. La utopía modesta no pretende la instauración del bien universal –esa idea del bien que en su idealismo conduce, es una enseñanza de la historia, al abismo–, sino la mesura de la bondad que se niega al mal, a la humillación, al crimen, a la corrupción, a la violencia, a la tortura, al desprecio, al arrasamiento de la culturas y de la tierra, y pone por encima de cualquier ideal a los seres humanos de carne y hueso, y sobre cualquier Edén, la modesta comunión de los hombres. Por eso creemos en los pasos comprometidos y firmes que nunca traicionan la rectitud. Con esos pasos no hemos dejado de caminar desde que un día, transidos de dolor y de dignidad herida, salimos de Cuernavaca a visibilizar, abrazar y pedir justicia por las víctimas. Son esos mismos pasos los que hoy, señor Presidente, señoras y señores legisladores, hermanas y hermanos, recordamos y les invitamos a continuar dando, y a poner una fecha para una próxima reunión de trabajo, de donde surja una ruta acordada para la paz y la justicia.
En medio del dolor y del largo camino que aún falta por recorrer, nos detenemos en este recodo para reposar un momento y abrazarnos en el ya pero todavía no de la justicia y la paz que nos trae esta Ley General de Víctimas.
Además, opinamos que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés.
Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad

Fuente Proceso

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