miércoles, 25 de septiembre de 2013

Tras la tormenta, el río La Sabana arrastra muerte, peste y hambre



Marcela Turati

ACAPULCO, Gro. (proceso.com.mx).- La flaca del cubrebocas interrumpe la letanía de desgracias causadas por el río La Sabana, su malcriado vecino, y como si una idea se le hubiera cruzado en sentido contrario y le impidiera concentrarse, lanza de pronto una propuesta: “¿Es usted periodista? Sáquele la foto al muerto, si quiere le ayudamos a mover la sábana para que le salga mejor”.

“¿Cuál muerto?”, pregunta la reportera.
“Ése que está ahí abajo. La policía no ha venido a recogerlo, me imagino que voy a dormir con él”, bromea mientras se desplaza habilidosa entre el lodo sucio matizado con cal y pedazos de cemento para mostrar desde su patio hacia la arena.
Metros abajo, un pedazo de tela percudida cubre un bulto. Dos manchones de sangre a la altura de la cabeza delatan que abajo yace una persona. Los vecinos dicen que es un varón joven de otros rumbos, pues su piel es muy morena. Está inflado. Quedó con el brazo izquierdo alzado. Como si estuviera pidiendo la palabra para decir algo. Como si no se hubiera dado cuenta de su muerte y siguiera agarrado con todas sus fuerzas a la vida.
La misma corriente que lo secuestró, lo escupió a la altura de la colonia Renacimiento, donde quedó atorado en este despeñadero de un puente metálico retorcido como popote, entre ramas, cascajo y basura. Con esfuerzos lo sacaron unos muchachos, alguno de los que ahora mismo desvalijan un puente roto para ganarse unas monedas vendiendo fierro, o los que lanzan hilos de caña con gusanos como anzuelo para intentar pescar la comida de este día.
El hombre de camiseta roja que yace en la arena es uno más de los desaparecidos desde la tormenta, que grita “¡presente!” desde esta ribera donde, de tanto en tanto, aparecen familias preguntando si alguien ha visto pasar a un ser querido, mientras escudriñan bajo los puentes para ver si por ahí quedó enmarañado.
Es un tache más a la cuenta mortal de Manuel que en Guerrero tomó desprevenidas a más de 80 almas. Esta tormenta tropical que durante las fiestas patrias pegó en el Pacífico y el huracán Ingrid, que tocó tierra en el Golfo de México, mataron a 139 personas en el país. Cincuenta y tres siguen desaparecidas.
“Tiene como una hora que lo sacaron los muchachos del río del que tomamos agua”, dice María Elena Ruiz Cortez, la flaca del cubrebocas, antes de seguir relatando las maldades que hizo el río: las casas restregadas con lodo, los muebles perdidos, la peste en el ambiente, la falta de comida y agua limpia, el desempleo, sumado a la indiferencia del gobierno que tiene preferidos y no se tienta el corazón ante su desgracia.
Algo pica la nariz, se atasca en la garganta, da comezón en la piel. El suelo está pegajoso por el menjurje del lodo escupido por el río y la cal con la que quiso remediar el mal olor personal el municipio que dejó un paisaje lunar, de efecto chafa de Navidad simulando nieve, en el que quedan impresas las pisadas.
“Parece que nevó en Acapulco, lo que vienen a hacer es a afectarnos de la garganta, les dije que soy diabética, que me dieran cubrebocas”, afirma la mujer enfundada detrás de su delgado y sucio cubrebocas.
“En vez de levantar el lodo vienen a echar cal”, se queja una de las vecinas que la acompaña, como muchas que se arrimaron a ver al difunto que en ese momento está siendo revisado por tres policías. “Pica en los pies”, dice otra que está descalza, como el resto.
El lugar es tóxico. Una pipa de la Comisión Nacional del Agua, con placas del Estado de México XZ-13755, cruza sobre el paisaje “nevado” y se estaciona a la orilla del río, donde los trabajadores descuelgan una gruesa manguera y descargan la porquería negra, pestilente, espesa, que llevaba en el contenedor para que se confunda con esa agua de donde la gente toma agua, lava ropa y saca peces.
El sector Renacimiento fue fundado bajo el gobierno de Rubén Figueroa Figueroa, que como solución para quitar a los invasores del cerro de Icacos, donde daban mal aspecto a la ciudad y corrían riesgos, los reasentó en esta zona plana, de valles y humedales, a la vera del río.
El puente caído que ahora mismo deshuesan unos jóvenes sumergidos en el agua, conectaba a la Renacimiento con La Frontera, otro asentamiento. Lo mandó a hacer Zeferino Torreblanca, explica el ingeniero civil Hugo Arizmendi, a pesar de que los ingenieros de la comunidad politécnica hace siete años señalaron que cualquier urbanización en la orilla de ese río que desemboca al mar, y sobre esos terrenos de humedales, iba a ser desastrosa.
“¡Mire cómo dan despensas allá y cómo nosotras nos apuramos a limpiar, no nos dieron nada!”, dice molesta Carmen Socorro López, una joven con un niño de ocho meses sentado en las piernas. “Yo tengo una lavadora enterrada y mi niño no ha comido nada y véalo que ni pañales carga”, se queja.
Las mujeres miran hacia la otra orilla, la colonia La Frontera, donde varias personas, con la vista entrenada para detectar despensas, dicen que alcanzan a ver una camioneta que está entregando ayuda. Entonces se empiezan a inquietar y maldicen desesperadas, como si les estuvieran quitando la comida de la boca.
“La gente tiene hambre, no hay comida, no hay nada”. “Ni hubiéramos limpiado para que nos tomaran en cuenta”. “Mire ese que está ahí pescando es mi yerno, para que coma mi nieto”. “La mujer de Aguirre (el gobernador) vino a tomarse la foto junto a una manguera y se fue”. “Walton (el presidente municipal) le dijo a un señor de aquí: ‘estás bueno de tus pies para que vayas a buscar tu comida’, por eso lo corrimos de aquí”. “Nomás dan comida en La Frontera y en La Sabana y a nosotros no nos tocó nada”. “En el Fórum tienen un montón de despensas y no dan nada”.
Guardan silencio cuando los policías levantan la sábana para tomar fotografías al cadáver del joven que tiene una herida en la cabeza. De todas las casas sale gente a ver el espectáculo desde sus patios, que quedaron altos, casi incomunicados hacia el suelo porque el río destrozó los pasos. A un puente que quedó casi completo le comió los soportes, pero lo dejó en vilo, a punto de caer.
Una joven se acerca a la orilla para ver por qué tanto alboroto. “Ese es espía de los narcos, esta zona está llena”, me advierte una persona.
Por el camino roto que lleva a la casa de la señora del cubrebocas suben dos hombres, flacos pero musculosos, que cargan unas bolsas como para el mandado llenas de tesoros que le arrancaron al río. “Es fierro, son latas, alambres que vendemos a 12 pesos el kilo”, explica uno de ellos que antes de la inundación “mesereaba” en la playa de la que huyeron los turistas.
El lugar poco a poco se convierte en un circo. Cada vez llegan más mirones que se paran sobre la nieve chiclosa para presenciar el levantamiento del cadáver. Pronto, el sitio se convierte en un mitin y otro grupo de señoras vuelve a quejarse del olvido del gobierno.
El aire hediondo se llena de reclamos de amas de casa preocupadas, cuyas voces, entrelazadas, trenzadas, se escuchan así: “A los de Renacimiento no nos tocó nada porque dicen que no nos pasó nada… Inmediatamente lavamos todo, cama, colchones, ropa, sillones perdimos casi la sala completa… Ni una botella de agua nos han traído; no, ni una… Nomás se lo reparten ellos o a sus compadritos y vecinitos… También somos pobres y ni se acuerdan de nosotros…. Ni a las ratas les niegan una botella de agua… Usted sabe, ni tortilla ni alimentos ni nada… No hay trabajo en la playa, no tenemos dinero… Nomás nos antojan trayendo a otras colonias… Cómo te dijera, no nos han traído nada… Yo estoy vieja y ando nomás pensando si vamos a amanecer o no… Mire mi hijo es ese que está pescando… Tenemos hambre… Luego no se extrañen si bloqueamos las calles…”.
Mientras desahogan la impotencia, en la ribera reacomodan al muerto desconocido para que no siga alzando la mano, como pidiendo la palabra, y descanse en paz ya lejos de La Sabana.


Fuente Proceso

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