viernes, 10 de mayo de 2013

En Camargo, silenciosa narcoviolencia; están peor que Ciudad Juárez







Patricia Mayorga

CHIHUAHUA, Chih. (apro).- Los habitantes de Camargo, ubicado en el centro sur del estado de Chihuahua, han enfrentado la violencia casi en silencio, aislados, invisibles. De 2008 a 2009, los homicidios dolosos aumentaron 550%, al pasar de nueve a 51, y de 2008 a 2012 se incrementaron otro 40%, de 65 a 90.
Mientras que en municipios como Juárez y Chihuahua disminuyeron los asesinatos, en Camargo se desataron. En sólo cuatro años (de 2008 a 2012) fueron ultimadas 288 personas —268 hombres y 20 mujeres— y hubo al menos cinco masacres.
El año pasado, cuando en Parral aprehendieron al presunto líder del cártel de Sinaloa en la región sur del estado, Lamberto Gurrola Hernández El Gato, regresó la paz a Camargo.

De septiembre de 2012 a abril pasado, la ciudad luchó por recuperarse. El número de organizaciones civiles incrementó y la gente se enfocó en ocupar los espacios públicos y trabajar, comentó un comerciante del ramo restaurantero.
“Sí cambiamos algunos hábitos. Nosotros preferimos no abrir el negocio ya muy tarde; mejor comenzamos temprano y… pues lo que salga. Andamos bien, si uno no anda en malos pasos no tiene por qué preocuparse, sólo hay que cuidarse”, opina el comerciante, quien prefiere permanecer en el anonimato porque asegura que nadie puede hablar.
Cuenta que hay personas en Camargo, personas que no son de ahí, que “se hacen ricos de repente. Usted no puede decir nada porque lo van a matar. La realidad de esa gente es otra, vive otro tipo de vida. Hay partes donde hay unas casotas y las gentes tienen unas trocotas, pero no trabajan ni tienen negocio, es muy notorio”, agrega.
El municipio de Camargo tiene 47 mil habitantes, y la cabecera municipal, donde se registró la última masacre, tiene poco más de 39 mil.
La aparente calma terminó el pasado 29 de abril, cuando un comando irrumpió en el palenque de gallos El Coliseo, alrededor de la una de la mañana. Hacía una hora que había concluido la pelea, cuando llegaron a asesinar a cuatro personas, entre ellas un policía municipal de 22 años, un presunto sicario y dos civiles.
Al siguiente día se encontraron los cuerpos de dos hombres, que aparentemente participaron en la masacre. Eran Francisco Alonso Salazar Chávez y Juan Antonio Martha de los Santos. Llevaban pasamontañas y les habían dado entre diez y 15 balazos de “cuernos de chivo” (fusiles AK-47) y otros calibres. Tenían alrededor de 20 años, según la Policía Municipal de Camargo.
“No quiero morir”, dijo policía asesinado a su jefe
Daniel Alejandro Soto Giner tenía 22 años, y llevaba dos en la Policía municipal. El 28 de abril le tocó vigilar la entrada del palenque. Otros dos compañeros estaban adentro, también cuidando.
Cuando entró el comando de encapuchados, al primero al que dispararon fue a Daniel Soto. Luego mataron a Sixto Iván Aguirre Infante, a José Raúl Chávez y a José Humberto Chacón Gómez —este último, presunto sicario al que buscaban, según las investigaciones de la Fiscalía Zona Centro.
Daniel Soto estaba herido y fue llevado al hospital. Ahí le dijo a su jefe: “No quiero morir, deseo continuar siendo policía y estar en servicio”. Pero falleció. La historia fue contada por el presidente municipal, Arturo Zubía Fernández, durante el homenaje de cuerpo presente que rindieron a Soto en las instalaciones de la corporación, el pasado 30 de abril.
El alcalde destacó el profesionalismo del agente. “Nos embarga la angustia y el coraje, era un joven de reciente ingreso de la academia, integrante del grupo táctico, se desempeñaba con profesionalismo y era alegre. Sentimos esta lamentable pérdida, nos embarga una gran desesperación e impotencia cuando suceden estas cosas”, agregó.
Su hermana pidió justicia, ante agentes de Jiménez, San Francisco y Camargo.
Cobertura periodística, entre anonimato y amenazas
Camargo vivió tranquilo durante unos seis meses, dice el periodista Luis Fernando González, quien ha cubierto la ola de violencia junto con su compañero Pedro Sarmiento, de manera callada.
En 2008, se toparon de frente con la escalada de violencia. “Había un muerto, otro, cada vez más muertos. Muertos por todos lados, se emparejaron las cifras con las del resto del estado”, recuerda Luis Fernando.
En el medio de comunicación para el que trabajan, TV Camargo, televisión por cable, han dado a conocer masacres, personas degolladas, incineradas, de todo. “Ha sido muy sanguinario, hemos visto lo peor”, dicen.
Con la detención de El Gato, admite González, se calmó la violencia, derivada de la lucha por la plaza por dos grupos delictivos. “Se recuperó la vida nocturna incluso, ya casi nadie salía, entonces la gente comenzó a salir, muchos se habían ido”, comenta.
Ahora, con el regreso de la ola de violencia, Luis Fernando coincide con el resto de los habitantes: “Ahora todo es silencio, nadie comenta, como si quisieran olvidar, y no volver a vivir lo que pasamos. Están como queriendo olvidar, ignorar. Camargo tenía paz y esto que sucedió sí impacta”.
Asegura que la gente volvió a confiar en ella misma, y se reforzó la convivencia social tras años en que hubo mucha división. La sociedad civil organizada, considera, hizo un buen trabajo y ahora los habitantes se niegan a aceptar el regreso de la violencia.
En Camargo ocurrieron por lo menos cinco masacres entre 2011 y 2012, cuatro en bares y otra en una casa de seguridad. La gente dejó de salir en la noche.
En el periodo de tranquilidad —hace seis meses— los camarguenses se animaron a salir y de nuevo abrieron negocios nocturnos.
Sin embargo, después de la masacre de El Coliseo, volvieron a cerrar bares, entre ellos uno de los más famosos. Además, se han perpetrado secuestros, el último de una enfermera que aún no aparece.
Hay, por lo menos, unas 30 personas desaparecidas, calcula Luis Fernando González, quien destaca el caso del empresario ganadero José González Martí, de 80 años. Su familia ha pagado dos veces el rescate y aún no lo entregan.
“En el panteón abrieron un área nueva. Ahí se llena de viudas y huérfanos llorando. Van más de 200 muertos camarguenses. Ha sido una pesadilla que hemos cubierto como Dios nos ha dado a entender, era nuevo para nosotros”, dice el periodista.
Por la información que manejan en su medio han recibido llamadas anónimas para reclamar notas o para que saquen información. La decisión que han tomado ha sido de acuerdo con el sentido común, según sea el caso.
Sin protocolos de seguridad y completamente aislados, han dado cuenta de todos los hechos violentos, apoyados sólo en la ciudadanía, dice Luis Fernando.
“Ha sido un aprendizaje macabro, no tenemos nada de protección, la gente siempre nos ayuda. Hemos recibido amenazas, incluso de la familia, pero hemos salido adelante, con puro sentido común”, cuenta Pedro Sarmiento.
Camargo se encuentra en medio de Delicias y Jiménez, dos ciudades de la zona centro sur, en donde se ha incrementado considerablemente la violencia este año, y en abril, alcanzó también a los camarguenses.

Fuente Proceso

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