viernes, 23 de agosto de 2013

Sobre Raúl Salinas… Consejos al ciudadano crédulo



Sabina Berman

MÉXICO, D.F. (Proceso).- El buen ciudadano crédulo, ese de la buena fe, interminable como el océano, no debiera torcer la boca cuando se entera de que don Raúl Salinas de Gortari ha sido juzgado otra vez y declarado inocente.
Ni cuando el juez agrega que el pobre señor ha sido una víctima de la injusticia. Ni cuando se explaya y explica que su fortuna, acumulada en los seis años de gobierno de su hermano, el presidente Carlos, y cifrada en cientos de millones de pesos, fue lograda en tan breve lapso a través de actividades empresariales “brillantes”, que el juez no nombra y menos podría demostrar.

No debe sobre todo establecer conexiones por su propia cuenta. Pensar por ejemplo que con el regreso del PRI a la Presidencia ha vuelto el estilo de la impunidad del pasado. Una impunidad dispensada desde lo Alto del Poder: palo para los rebeldes, para los fieles licencia de corso.
No, nada de torcer la boca. El ciudadano crédulo debe reservar ese torcimiento hasta el momento en que se entera de que ese genio de las finanzas, don Raúl, esa partícula de Dios encarnada donde el aire se transforma en dólares, ese Bosón de Higgs donde la ambición se transforma en cuentas en las Islas Caimán, no será nombrado director de Pemex, para que la Patria prospere merced a su capacidad de milagros.
El buen ciudadano crédulo tampoco debe conectar esa exoneración con la Reforma Energética. No debe soltar una amarga carcajada cuando a la semana de la exoneración el presidente Peña Nieto explica que la invitación a inversionistas a Pemex no implica su privatización, ni siquiera parcial.
Debe por el contrario creer que el mismo gobierno que exoneró al genio de Raúl Salinas, en el caso de la reforma al funcionamiento de Pemex, tampoco miente ni cubre con palabras actos perniciosos a la Patria. Que sencillamente este gobierno no es capaz de malicia.
Debe interrumpir las dudas, el buen ciudadano crédulo. Debe levantar contra las dudas una estampita de don Arturo Montiel y esperar que se espanten. O levantar entre ambas manos una breve estatua de don Humberto Moreira, para mostrárselas a las dudas. O un busto portátil del Góber Precioso. O del Niño Verde. O de …………….. (inserte acá nombres de poderosos ladrones impunes). Atrás, retrocedan malignas sospechas, esfúmense.
El buen ciudadano crédulo debe luego tomar una pócima para el olvido: debe hipnotizar su raciocinio con una dosis alta de anuncios televisivos donde un niño, (es decir: la encarnación de la inocencia del ciudadano crédulo), muestra sus manos manchadas de negro chapopote, que no manchadas de corrupción.
Ah, sobre esa feísima palabra: el ciudadano crédulo debe a continuación extirpar de su vocabulario la misma palabra corrupción.
Debe creer que tal no existe en México y el líder del sindicato de petroleros, el honorable Romero Deschamps, y sus cientos de millones de dólares, y el Ferrari de 25 millones de pesos que regaló a su hijo, y los departamentos en el extranjero que regaló a su hija, así como el tamaño mismo de la nómina de trabajadores de Pemex, el doble de lo imprescindible, el doble que la nómina de Exxon, no son corrupción, ni lo son la ordeña de ductos de petróleo, ni el desvío de fondos al PRI, ni etcétera y etcétera.
Y a continuación, el buen ciudadano crédulo, debe hacer lo que una mayoría de nuestros politólogos: vestirse de suizo, con pantalones cortos de piel, o de inglés, en un traje tweed, y con un ánimo límpido de matemático o relojero analizar los pros y contras de la Reforma Energética, en términos puramente de mercado. Tal hacen, como decía, una mayoría de los analistas políticos egresados de altísimas instituciones, desestiman la cifra de la corrupción, y por ello sus vaticinios son muy respetados en el primer círculo del Poder aunque nunca aciertan.
Pero acertar no es la meta: el buen ciudadano crédulo debe saber que la meta es la noble convivencia tranquila. No miro el robo ajeno y espero mi turno para bien robarle a la Patria. O bien, si eso es imposible, para robarle a mi socio. O bien para secuestrar a mi vecino. O bien para extorsionar a otro compatriota. O para desaparecer a quien me estorba.
El buen ciudadano crédulo debe comprender que así se expande la corrupción, de arriba hacia abajo, pero no debe jamás nombrarla, porque la corrupción de todos es la de ninguno en especial, es ya una cultura, una forma de vida nublada, confusa, es la muerte de la meritocracia, el encumbramiento de la injusticia, la niebla donde malos y buenos son indistinguibles, y donde las palabras ya nada expresan. Una cultura de niebla, sí, pero para nuestro orgullo, muy nuestra.
Por último, el buen ciudadano crédulo ha de mostrar una gran deferencia con sus superiores en poder.

Fuente Proceso

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