jueves, 27 de junio de 2013

En las raíces del narco



Tomás Domínguez

Inmersa en la época posrevolucionaria, La primavera del mal, la novela más reciente de F.G. Haghenbeck que pondrá en circulación este mes el Grupo Santillana en su colección Suma de Letras, dibuja el hipócrita comportamiento del gobierno de Estados Unidos con respecto a las drogas y sus usos mientras los cárteles comienzan a posicionarse en el norte de México. En el centro del relato destaca la figura de Leopoldo Salazar Viniegra, un pionero de la medicina que propuso la legalización de la mariguana. Su sueño sólo duró unos meses, pues el establishment estadunidense frenó esa singular iniciativa. Lo que siguió es historia conocida.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- El tiempo no se inventa –existe, como el sol y la luna, el día y la noche, el desierto y el paisaje–; la historia sí, de ahí la posibilidad de dar vida a personajes y universos en los cuales puedan actuar. De ahí, también, la habilidad de los escritores para crear figuras y ambientes a partir de sus experiencias y tejer relatos que enriquezcan la realidad, aunque los resultados no siempre sean afortunados.
“Los héroes de la vieja literatura… como aventureros, ladrones o caciques, poseían una constitución fuerte que les permitía soportar privaciones y grandes fatigas y les aseguraba superioridad sobre sus adversarios. Cualquiera fuese la grandeza de su carácter y la astucia que dijeran poseer, esas proezas que hacían las delicias de los lectores eran, sobre todo, actos físicos, sucesos épicos en los cuales la astucia acompañada de la fuerza corporal solía ser lo decisivo en la victoria final”, escribió a mediados de los años veinte del siglo pasado Siegfried Kracauer en La novela policial. Un tratado filosófico (Paidós, 2010, 168 p.).
En ese libro pionero, el crítico alemán puntualizó: “Por lo general, sin embargo, los autores crean un medio homogéneo para la novela policial, un conjunto de personajes que se agotan en los gestos convencionales y que, con el fin de despertar confianza y seguridad, no deben ser esbozados de acuerdo a su naturaleza. Se puede usar al abogado, por ejemplo, y al cónsul –antes era el militar de alto rango– porque desempeñan funciones respetadas, cuyo ejercicio ya les brinda desde el principio un rango de legalidad”.

El ejercicio de Francisco Gerardo Haghenbeck en su más reciente novela La primavera del mal –que pondrá a circular este mes el Grupo Santillana en el sello Suma de Letras– por crear figuras de narcotraficantes y políticos e insertarlas en “el paisaje de un país moderno como México que despierta de su revolución y surge cual primavera en tierra fértil” resulta disparejo, aunque tiene sus virtudes, sobre todo por el fragmento de la historia en que inserta la trama.
Dividida en cinco capítulos, el autor –F.G. Haghenbeck, para abreviar– constriñe en 450 páginas el periodo que va de diciembre de 1930 a septiembre de 1953. Hace desfilar a presidentes, funcionarios, políticos, militares, personajes de la farándula, agentes estadunidenses, jefes del hampa y traficantes de droga reales con personajes ficticios para documentar su relato y hacerlo verosímil.
El acierto de Haghenbeck es saber mezclar a los personajes reales: Abelardo L. Rodríguez, Manuel y Maximino Ávila Camacho, Lupe Vélez, Harry J. Anslinger, con los de su invención: el coronel Benito Guadalupe Serrano, su hijo Bernardo Bernie Serrano, su ahijado Raúl Duval, Carmela del Toro, James Oliver Ball, Amanda Lara, pero su ejercicio escritural no es tan acertado cuando describe a estos últimos.
Fragmenta los apartados aun cuando el relato pretende ser cronológico, incluso abusa de los bucles literarios y cavilaciones de los personajes, lo cual dificulta la lectura. Sus sinonimias –gringo, estadounidense, americano, norteamericano; gobernador, regente– a veces resultan torturantes dijónimos sobre todo cuando desfilan en una misma página.
Al principio del libro, cuando describe la matanza de los gomeros chinos en Juárez por parte de los sicarios comandados por El Veracruz tiende a dar efectismo a las escenas y protagonistas; habla de “ventanas cerradas, asemejando párpados dormidos”; el personaje es “un individuo de mala cara. La trae decorada con nariz de halcón y un gusano peludo que llamaría bigote en algunas ciudades”.
Raúl Duval El Flaco es “un palillo humano de ojos grandes e inteligentes”; Berni Serrano, “un pendejo de tiempo completo”. El coronel Serrano Serranito, es “un hombre de negocios” y le endosa aforismos: “Un negocio podría ser eterno; un puesto en el gabinete sólo sería momentáneo”.

La trama

F.G. Haghenbeck estudió arquitectura, pero en lugar de edificios optó por “construir” guiones para cómics, luego siguió con cuentos y novelas. Durante un tiempo fue creativo –como él se define– en Televisa, incluso fundó una editorial, Costal de Huesos, dedicada a la divulgación del cómic mexicano.
Con su primera novela, Trago amargo, ganó el Premio Nacional de Novela Una Vuelta de Tuerca 2006. Desde entonces no ha dejado de publicar: El código nazi y Solamente una vez, 2008; Hierba Santa, 2009; Aliento a muerte, 2010; El diablo me obligó, 2011; El caso tequila, 2011, y ahora Primavera del mal, cuya historia se constriñe a un singular periodo histórico; los años posteriores a la Revolución.
Para escribirla, según confiesa, reunió material durante dos años. Al principio intentó hacer un ensayo pero, siguiendo los consejos de un escritor amigo suyo, al final optó por hacer una novela, en la cual se ciñó a las recomendaciones de su editor, quien le dijo: “tiene que haber mucho sexo y traición”. Y así lo hizo.
El libro comienza el 31 de diciembre de 1930 con la ejecución de un gong de gomeros chinos en una polvosa calle de Ciudad Juárez –ese “terruño marchito”– a manos de un grupo de pistoleros comandados por El Veracruz para posicionar el negocio de la mariguana que comenzaban a regentar Pablo Acosta e Ignacia Jasso, El Pablote y La Nacha.
La siguiente escena es el hipódromo Agua Caliente de Tijuana, cuyo principal inversionista, Baron Long, el rey de los casinos, organiza una fiesta a la que asisten artistas de Hollywood, agentes del buró de prohibición de drogas, los prohis, como James O. Ball, políticos mexicanos y el coronel Serrano, personaje central de la novela. Ahí también están sus pistoleros y algunas actrices como Lupe Vélez y Carmela del Toro, quien posteriormente cobra relevancia pues el autor la convierte en una de las figuras que encarna el binomio amor-traición.
Desde el principio Del Toro –una “bella joven de ojos oscuros”– es codiciada por todos: por el coronel Serrano, quien incluso la embaraza; también por su hijo Bernie; ella, por su parte, se entrega al prohis Ball y termina por ser la pareja del Flaco Duval.
Otra femme fatale es Amanda Lara, la hija del Veracruz, a quien termina por asesinar. Luego se desplaza a la Ciudad de México y se engancha en la prostitución; conoce a Bernie, con quien urde el asesinato del prohis Arthur Mendoza Gunter.
Traiciones también las hay, como la de Bernie, quien intenta emprender su negocio de manera independiente, por lo que Duval lo asesina; la del propio coronel Serrano, quien pretende entregar a su ahijado Duval a los prohis del zar antinarcóticos Harry J. Anslinger, pero termina asesinado por su propia hija Florencia, la que procreó con Carmela del Toro; la del agente Ball, quien hastiado de Anslinger, se alía a Duval y aborta el operativo de los prohis de la Oficina Federal de Narcóticos para atraparlo.
A ratos La primavera del mal recuerda a El cártel de los sapos, del colombiano Andrés López –el exnarcotraficante del Cártel del Norte del Valle–, convertido en exitoso guionista gracias al vívido relato de sus experiencias dentro de las bandas criminales que incluso fueron adaptadas a la televisión y el cine. No obstante, la diferencia entre Haghenbeck y el colombiano es que éste lo sabía todo, pues estuvo en la entraña de uno de los cárteles y los diseccionó desde dentro.

Una experiencia inédita

En medio de la narración de Haghenbeck se entreveran las políticas de Estados Unidos –la hipocresía prohibicionista y la demanda de droga– con el boicot a las experiencias mexicanas y las medidas terapéuticas de un singular psiquiatra: el doctor Leopoldo Álvarez Viniegra, quien en 1938, desde el Departamento de Salubridad, propuso la legalización de la mariguana con el aval del entonces presidente Lázaro Cárdenas.
Haghenbeck inventa un encuentro entre el doctor y el personaje James O. Ball, e incluye una reflexión de éste sobre el doctor que vale la pena reproducir:
“Desde 1935, las autoridades mexicanas habían comenzado a cambiar su visión del problema a través de medidas médicas preventivas. El Departamento de Salubridad, principal autoridad en asuntos de drogas del gobierno mexicano, estaba presidido por el doctor Leopoldo Salazar Viniegra, quien se oponía a las medidas impuestas por Anslinger y el mismo general Siurob…”
Haghenbeck –el guionista que renunció a escribir un ensayo sobre el surgimiento de los cárteles de la droga en el norte de México y el imprescindible papel que jugó el médico– incluye también un párrafo del doctor Albany, el par gringo de Salazar Viniegra:
“Cada droga ha tenido su correspondiente raza maldecida por los gobernantes: el consumo de opio está relacionado con la inmigración china, se considera que el uso de mariguana se debe al incremento de inmigrantes mexicanos y la cocaína es señalada como una droga propia de negros. Sin duda la asociación de drogas con inmigrantes es rentable para el gobierno como una manera de control migratorio y un pretexto para el control de narcóticos, tal como lo hicieron con el alcohol”.
El autor también da voz al zar Anslinger: “Señores, la mariguana conduce a que los jóvenes no se enlisten en el ejército… Al pacifismo y al lavado de cerebro comunista –explica con su voz de profesor– ¡Cuántos asesinatos, suicidios, robos, asaltos criminales, atracos y actos de locura maniaca causa esa droga cada año! Especialmente entre los jóvenes, pues sólo puede conjeturarse algo malo cuando alguien se coloca un cigarrillo de mariguana en los labios, ya que no se sabe si va a ser un juerguista alegre en el cielo musical, un loco insensato, un filósofo tranquilo o un asesino… Ése es el mundo que nos espera.
“(…) El impacto de la guerra mundial había traído consigo una expansión sin precedentes del cultivo de amapola en México. Fue un último empuje necesario para crear un imperio, tan fructífero como lo fue China en tiempos de la guerra del opio. La agricultura de estas plantas vedadas se afincaba en Sinaloa, Sonora, Durango y Chihuahua. Los derivados del opio eran el producto más redituable en el mundo. Un verdadero tesoro escondido en las sierras mexicanas del Pacífico, descubierto por los chinos, la mafia italiana y los mismos mexicanos: el oro verde. Convirtiéndose el tráfico de drogas en un elemento importante de la economía entre los dos países vecinos, cambiando totalmente el panorama político de ambos. A mediados de los cincuenta en los periódicos apareció un nuevo concepto, un nombre de connotaciones criminales, pero que siempre vendría acompañado de dinero, de mucho dinero: narcotraficante. Estos nuevos personajes, los narcotraficantes, que podrían ser los que cultivaban, producían, transportaban o vendían narcóticos, labraron ese nombre en los encabezados de los diarios, influyendo en las decisiones políticas y volviéndose los emperadores de la economía mundial, pero siempre encadenados a la palabra muerte”.
Estas pinceladas diáfanas, contextualizadas, reales, son las que dan dimensión a La primavera del mal. Si el libro detona entre cronistas y escritores un afán por rastrear las huellas de Salazar Viniegra, el “doctor verde”, la investigación novelada de Haghenbeck cobrará sentido.
Ante la proliferación de reportajes, biografías sobre las andanzas de capos, sicarios y organizaciones criminales, lo deseable es rescatar y dar dimensión también a personajes como Salazar Viniegra. Y La primavera del mal es un primer ejercicio escritural en ese sentido. Ojalá algún colega suyo se sumerja en la geografía y los documentos alusivos a ese famoso, singular y pionero “doctor verde”.
Las primeras páginas del libro se pueden leer aquí:

Fuente Proceso

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