miércoles, 12 de junio de 2013

La historia de un militar torturado por militares



Felipe Cobián R.

GUADALAJARA, Jal. (Proceso).- El sargento segundo Aarón Israel González Espino quedó epiléptico, extremadamente delgado, frágil y con daños psíquicos después de largas sesiones, días de tortura en la XXI Zona Militar, en Morelia, perpetradas para que se declarara culpable de delitos presuntamente cometidos por otros militares.
González Espino siempre afirmó que era inocente, pese a los tormentos infligidos entre marzo y abril de 2010 por militares del cuerpo de élite GAFE (Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales) y agentes de la Policía Judicial Militar.
Lúcido, pese a que las secuelas lo dejaron al borde de la muerte, el sargento del 37 Batallón, con sede en Zamora, cuenta su azarosa historia.

Recluido en la Prisión Militar de la V Región Militar, con sede en La Mojonera, Zapopan, relata que hizo alta en el Ejército en junio de 2001, que nunca causó problemas y que –es importante– siempre fue hallado sano en las revisiones anuales que le hacía la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena).
Todo se torció, asegura, el 31 de marzo de 2010. Estaba de vacaciones cuando recibió una llamada telefónica que le hizo un cabo apodado El Nipón. El cabo le pasó la bocina al coronel Andrés Ojeda Ramírez, quien le dijo a González Espino que tendría que presentarse en Morelia, y que ellos lo llevarían.
El Nipón fue por él a su casa, en Zamora. Aún sin decirle de qué se trataba, lo subieron a una camioneta “que manejaba el cabo Demetrio Diego, y además iban el teniente Juan Manuel Vidal Luna y personal de tropa con el rostro cubierto”.
Ya en Morelia, afirma, lo llevaron al cuartel de la ciudad. Ahí lo presentaron ante el jefe del estado mayor, Gabriel Rincón. “Él me presentó con los gafes que estaban en la segunda planta de la XXI Zona Militar. Les dijo: ‘Ahí se los encargo’. Y me ataron las manos a la espalda y me vendaron los ojos. Me tuvieron ahí ese día sin alimentos ni agua y no me explicaron por qué”, recuerda.
Al día siguiente llegaron unas personas a donde estaba detenido: “Me decían que yo era El Español, lo que negué, y me comenzaron a golpear: ‘Sí, alguien te señala y te reconoce como El Español’. Entonces trajeron al ‘soldado coronel’. No lo vi, pero escuché cómo lo estaban golpeando severamente. Después de los golpes lo pusieron frente a mí, me descubrieron la cara y él me señaló como El Español”.
Así comenzaría a enterarse que lo acusaban de estar coludido con el narco y de pasarle información a La Familia Michoacana.
Se intensificaron las golpizas. “Me dieron cachetadas en la cara, la nuca y los oídos hasta que me quedaron zumbando. Me levantaron entre dos personas y me pasaron a los baños de la Segunda Compañía del doceavo Batallón de Infantería”.
Lo metieron a la regadera y le preguntaban que cuánto dinero le daban por pasar información. Respondió que nunca había pasado información ni lo haría: “‘Entonces la pasas gratis’. ‘No señor, yo nunca he pasado información’”, respondió.
Posteriormente, “uno de ellos me empezó a echar agua con el trapo húmedo y me pusieron una bolsa que me tapó bien la nariz y la boca y trataron de asfixiarme con fuerza. No sé de dónde comencé a patalear y me quedé viendo en blanco. Se subían en mi cabeza y me gritaban: ‘¡Ya muérete, cabrón! ¡Me vale verga si te mueres, ya te aventaron, tú estás muerto, me vale madre, ya muérete!’”, recuerda.
Pero el sargento insistía en su inocencia. “‘¿Qué te parece si a tus hermanos, a tus papás les plantamos droga, granadas? ¿Cuántos años crees que se van a aventar?’. ‘Yo no sé nada’, les contesté. Me preguntaron qué hacía en la zona. Yo les dije que era técnico en urgencias médicas y conductor de ambulancia y, aparte, hago trabajos de carpintería que me pedían los comandantes”. Recordó que también había sido chofer del propio comandante de la XXI Zona Militar, Mauricio Sánchez Bravo.
Poco tiempo después una carcajada lo estremeció. “Así me gusta, que no digan nada porque más me divierto”, dijo el de la risa. “Bienvenido a la segunda fase”, le espetó. “Me echaron agua caliente en la cara, agua fría, agua caliente, agua fría y me comenzaron a dar toques. ‘Así me gusta, que no hable nada porque más me divierto’, me dijo. Dejaron puestos los cables en el pie y me presionaban las rodillas para que no las encogiera. Mi cuerpo se ponía tieso”.
El que disfrutaba torturando fue a más: “Okey, pues como no quieres aceptar que eres El Español y que trabajas para La Familia, voy a ir subiendo así hasta llegar, ¿sabes a dónde? A los huevos, al cabo que ya tienes cuatro hijos y ya no los ocupas”. “Y comenzó de nuevo a darme toques hasta que llegó a mis testículos. No sé cuántas veces me pusieron toques, pero mejor quería de verdad morir en ese instante. Ya no soportaba”.
En esa misma sesión de tortura, afirma, se incorporó un judicial militar: “A uno de los judiciales, el cual ubico bien por su forma de hablar, le sonó su nextel y era su novia, o no sé quién. Le dijo: ‘Es que estoy trabajando, de veras, ¿no crees?’ Y empezó a darme toques y toques otra vez y me acercó su teléfono a la boca y me preguntaba: ‘¿Pasas información a La Familia?’ Le dije que no y me siguió dando toques. Luego dijo: ‘¿Ya escuchaste, amor? Ando trabajando’”.
Esa noche, asegura, escuchó cómo torturaban a otras personas.
Poco después empezó a orinar rojo: “Me dolían los testículos. Oriné rojo, no sé la intensidad de qué tan rojo”. Era el 2 de abril.
Sólo al día siguiente fue presentado ante un Ministerio Público (MP) militar. Y cuando estuvo frente a él, declarando, asentó que él era inocente. “Le dije al coronel del MP que no era El Español y que no era miembro de La Familia”.
Después de eso cesaron las torturas. Pero no la persecución.
Entre el 7 y el 8 de abril lo llevaron a firmar un “correctivo disciplinario” de parte de su batallón, porque supuestamente se había perdido un rifle G-3. Y ahora era investigado por eso.
Sólo el 13 o 14 de abril, recuerda, le quitaron las esposas y las vendas de los ojos. Le pagaron su quincena. Hasta entonces pudo tener visita de sus familiares.
El 19 de abril en la mañana les comunicaron al sargento y a otros siete detenidos –que bajo tortura atestiguaron en su contra– que había una orden de aprehensión… por el fusil “perdido”. Los trasladaron a la prisión militar, donde ahora Aarón Israel González Espino (el soldado C-6373801) purga la pena señalada en la causa 345/2010.
A causa de todo esto, un año después intentó suicidarse. Lo llevaron al Hospital Central Militar, en la Ciudad de México. Fue atendido en la sección de neurocirugía por problemas serios de depresión: “Historia de crisis convulsiva. Refiere el paciente que inicia en 2010. Esto le ha sucedido de seis a ocho ocasiones y de esas ocasiones ha presentado en tres eventos relajación de esfínteres, dos urinaria y una fecal. La citada clase (soldado) se encuentra incapacitado en primera categoría para el servicio activo de las armas por padecer epilepsia”, reza el parte médico.
Sin embargo, ya estabilizado lo regresaron a la misma cárcel, pese a una recomendación de la Comisión Nacional de Derechos Humanos y a un amparo otorgado por el Juzgado Quinto de Distrito.

Las causas, en el aire

El sargento dice que de nada le valió haber sido chofer del comandante de la XXI Zona Militar, el general de brigada Mauricio Sánchez Bravo –ahora retirado– y de su esposa. Al contrario: cree que, para cubrirse, el propio comandante podría haberlo acusado.
El sargento no tiene claro por qué arremetieron contra él. Sólo recuerda que, antes de ser detenido, él detectó que alguien lo estaba siguiendo. Por miedo a que lo “levantaran” dio “parte verbalmente al general Mauricio Sánchez Bravo, a los tenientes de infantería Fierro, comisionado de contrainteligencia, y a Mario Sosa”. Explica: “Tenía miedo a que me fueran a levantar, o a hacerle algo a la familia de mi general, pues yo fui su chofer y de la señora”.
Cuando contó esa historia durante su detención, uno de captores aventuró: “O le querían llegar a mi general”…
En la plática con este semanario, el sargento González Espino aseguró que jamás recibió de alguien alguna propuesta ilícita, y que si así hubiera sucedido, se lo habría dicho a sus superiores: estaba de por medio su vida.

Fuente Proceso

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