jueves, 22 de agosto de 2013

Las Drogas y el crudo despertar



Gloria Reza M.

GUADALAJARA (Proceso Jalisco).- David a los 11 años y Gabriel a los 14, cayeron en la tentación de las drogas. A los 17, ya robaban para mantener su adicción y eran capaces de atentar física y emocionalmente contra su familia.
David es delgado, moreno claro y mide un metro con 75 centímetros; sus ojos son grandes y expresivos. Nació en el municipio de Chapala, donde vivió con su familia hasta hace cuatro meses, cuando su madre lo llevó con engaños a un centro de tratamiento contra las adicciones en Tlaquepaque.

Le faltan dos meses para “graduarse” en Juventud sin Adicciones, pero ha notado sus propios cambios: “Ya puedo convivir con mi hermano, nos traíamos a golpes. Ya hasta vemos películas juntos y podemos platicar. Con mi mamá y mis dos hermanas hay más cariño. Estoy muy arrepentido de lo que hice”, dice, con una sonrisa amistosa.
Reconoce que era un pésimo estudiante en la preparatoria: “No le echaba ganas, nada más era el puro desmadre. Me salía de clases a drogarme”. Al decir esto baja la voz y la mirada.
Relata su primer acercamiento a las drogas:
“Fue en el 2010, cuando tenía 15 años. No entré a la prepa regional de Chapala en las primeras listas. Mi mamá me dijo que tenía que trabajar y me empezó a exigir muchas cosas. Fui a buscar trabajo de empacador al Wal Mart y ahí conocí a tres chavos, que una vez llevaron una pipa de mariguana; en una salida a comer le fumé. Y así empecé.”
Después se percató de que algunos de sus excompañeros de la secundaria también se drogaban, y él consumía más. Con el dinero que obtenía por empacar adquiría la droga:
“Cooperaba con dos o tres amigos y comprábamos un buen puñote de mariguana. Después, cuando no tenía dinero, le robaba a mi mamá. Llegó un momento en que ya no me bastaba con la mariguana, quería más cosas. La mariguana es la puerta hacia otras drogas, se te hace más fácil probar alguna otra.”
Recuerda bien cómo era su vida entonces: “Conocí muchas malas amistades. Ellos ya habían probado otras cosas y me convidaban. Ya teníamos que andar robando (…) y después me iba a pistear a las fiestas y a ponerme bien loco”.
Cuando su mamá se dio cuenta que David consumía drogas, le suplicaba que las dejara.
“Fumaba mariguana en mi cuarto –relata el joven–. Una vez mi mamá me agarró a golpes, ella pensaba que me iba a volver loco y que hasta los podría matar (a ella y a mis hermanos). Yo, mariguano, le decía: ‘Amá, cómo crees, si nomás es para relajarme, ando en mi avión’. Pero ella se ponía triste y lloraba; me preguntaba qué me hacía falta, y yo sólo le daba por su lado. Ahora sí le tomo importancia a lo que me dice.”
No sólo sus amigos le conseguían sustancias adictivas; también se la ofrecían estudiantes de los últimos semestres de la prepa.
“Muchos compañeros que ya estaban más grandes, como de 20 años, me la ofrecían. Yo me juntaba con puros grandes pues, era salirnos de la prepa (le faltan dos semestre para concluir); a la vuelta hay un baldío y teníamos llantas y piedras; ahí teníamos las choras, fumábamos entre clases y cotorreábamos”, cuenta.
“Asaltamos a mi mamá”
Gabriel, de piel clara, delgado, vecino de la colonia Santa Margarita, en Zapopan, admite sin tapujos que se volvió a internar porque recayó en la adicción:
“Me queda en corto el barrio (su pandilla) y las tentaciones estaban ahí. Me dijeron llégale, atízale, y volví a consumir. Mi mamá se dio cuenta y me trajo de vuelta. Yo sabía que la había regado y asumí la responsabilidad: aquí estoy otra vez.”
Gabriel estudiaba el primer semestre de prepa y trabajaba para su padre en la instalación de aluminio y cristales. Tiene una hermana menor y un hermano mayor. Con él compartió el consumo de drogas, pero rechaza que lo haya iniciado. “Fue en primero de secundaria, más o menos: me dieron malos consejos mis amigos, me dijeron que se sentía chido, que me iba a relajar y que me iba a olvidar de todo. Empecé con el tonsol y después le seguí con la mariguana”, narra.
Con tal de comprar droga hacía de todo: utilizaba el dinero que le daba su mamá para la escuela, su domingo… “Nos íbamos a robar por el barrio. Asaltamos a varias personas, también a mi mamá. A mi papá le robaba hasta el crédito de su celular”.
Cuando termine su tratamiento piensa alejarse de su barrio, “dedicar más tiempo a mí, a mi familia y al estudio”, dice Gabriel, pues quiere ser médico.
Los dos jóvenes confiesan que sus respectivas parejas los abandonaron por su adicción a las drogas. Gabriel la rechazaba: “Le decía que no iba a llegar, que estaba muy cansado. ¡Y pues cuál! Me iba a las riñas y a cotorrear con mi pandilla: El terror. Nos dedicábamos a tumbar, hacer desmadre y comprar droga”.
En esto parece un experto: prefería adquirir la mariguana por kilo “porque viene más cuajada (el peso completo), pero puedes comprar desde 50 hasta 100 pesos. Del perico (cocaína), el precio más bajo es de 100 pesos, y el del LSD son 180 pesos; las anfetaminas cuestan desde 25 pesos”.
Estas últimas drogas le hacían distintos efectos: “Te pega diferente. Si te las tomas con agua, te relajan, pero si te tomas las pastillas con una cheve o tequila, te da pa’ rriba y andas de aquí pa’llá. Y con las pingas, a la mayoría nos da por robar, decíamos arre, vámonos, se te hace todo más fácil de andar en el desmadre, y al día siguiente andas bien aflojonadito, te da resaca”.
Y para quitarse la resaca, dice, “me daba un toque de mariguana y pa’rriba. Si te tomas una pinga no se te quita el efecto hasta que vas al baño a desecharla; la puedes estar rebotando con un tabaco o con una cerveza, y te vuelve a pegar el mismo efecto, que a veces me duraba uno o dos días”.
David afirma que la droga que más se vende en Chapala es el crystal, cuyo precio es “de 100 pesos para arriba. Hay veces que te lo venden molido y hasta parece cocaína. Hay pelotas de mil 800 pesos, que son como bolas de vidrio, y el gramo está en unos 600 pesos”.
Gabriel comenta quiere enviar a otros jóvenes un mensaje: “No se crean eso de ‘rolar el toque’, eso de andar de cotorreo. Uno ya anduvo en esas cosas y la neta no valen la pena: dejas a tu familia abajo por el desmadre. La droga sólo dura un rato; cuando te das cuenta ya perdiste mucho tiempo y no hiciste nada. Los verdaderos amigos son los que te invitan a hacer el bien, no el mal”.

Fuente Proceso

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