viernes, 21 de junio de 2013

Reportear bajo amenaza



J. Jesús Esquivel

Por sus investigaciones sobre el narcotráfico en México, Alfredo Corchado, periodista estadunidense de origen mexicano y corresponsal del diario The Dallas Morning News, fue amenazado de muerte y tuvo que salir temporalmente del país. Las historias de esas amenazas las cuenta él mismo en Medianoche en México, libro que empezó a circular en Estados Unidos y el cual exhibe la connivencia entre funcionarios del gobierno mexicano y los capos de los cárteles.
WASHINGTON (Proceso).- El corresponsal en México del diario estadunidense The Dallas Morning News, Alfredo Corchado, no se anda por las ramas y afirma que cuando se trata de amedrentar a periodistas y bloquear sus investigaciones, el gobierno mexicano y los carteles del narcotráfico son lo mismo.

“La corrupción por narcotráfico es casi una institución en México. Los narcotraficantes y el gobierno son la misma cosa”, comenta Corchado en entrevista telefónica con Proceso pactada para hablar sobre su libro Medianoche en México, editado por Penguin Press, y en el cual relata las amenazas de muerte que recibió en el cumplimiento de su labor periodística.
“Lo que me ocurrió me sirvió para entender que yo mismo me hice pendejo al creer que las cosas en México podían cambiar”, dice Corchado en referencia a que la democracia acabaría con la corrupción en el país.
De hecho, Medianoche en México exhibe­ la connivencia que existe entre funcionarios públicos y capos del narcotráfico, quienes tienen a los primeros en su nómina.
“Vibró mi celular que tenía en la bolsa del pantalón”, cuenta Corchado al inicio de la primera de las tres partes en las que está dividido el libro. “Reconocí la voz. Era una fuente confiable desde hace mucho tiempo, un investigador de Estados Unidos con informantes dentro de los cárteles más violentos de México”. Fue directo al punto:
–¿Dónde estás? –me preguntó.
–En México
–¿Dónde exactamente?
–En mi departamento. ¿Por qué?
–Ellos tienen planeado matar a un periodista estadunidense en las próximas 24 horas –dijo el investigador–. Tres nombres salieron a relucir; creo que eres tú.
–¿Qué? ¿Quiénes son ellos?
–No te puedo decir más porque no sé, pero puede ser un asunto serio, de Los Zetas.
–¿Quiénes son los otros reporteros?
–preguntó Corchado incrédulo.
–Puede ser cualquiera, pero apuesto a que eres tú. Escóndete.
–What? ¿Dónde? ¿Por qué?
Corchado recuerda que estaba hablando en espanglish, su lengua natural y que tomaba nota de todo.
–Hablemos mañana. No sé mucho todavía –le dijo el investigador.
–Espera, espera… Mañana puede ser muy tarde –repuso Corchado.
–Hermano… deja de fregarlos, párale.

El pacto

Corchado ha sido reportero de los diarios estadunidenses El Paso Herald Post, The Wall Street Journal y The Dallas Morning News. Nació en el pueblo de San Luis de Cordero, en el estado de Durango, pero en 1966, cuando era niño, emigró legalmente a Estados Unidos junto con sus padres y hermanos en busca de mejores oportunidades.
Desde 1986 ha dedicado su vida profesional a escribir sobre México para el público de Estados Unidos, nación de la que es ciudadano por naturalización. Sin embargo, fue a partir de 1994 cuando comenzó a palpar la realidad mexicana. En 2007, en el contexto de la violencia derivada del narcotráfico, se vio obligado a salir de México ante las amenazas de muerte en su contra.
“Como periodista en México me amenazaron en tres ocasiones previas”, explica.
“Una vez una fuente me tuvo que esconder en el compartimento de atrás de su camioneta 4×4, después de recibir una amenaza por teléfono. En otra, un hombre misterioso se me acercó en un bar para decirme que Los Zetas me cortarían la cabeza si seguía haciendo preguntas. En la otra, Ángela (Kocherga, su novia) y yo una vez tuvimos razones suficientes para temer que un alto funcionario del gobierno o del Ejército estuviera tras nosotros, por una historia que reportamos sobre el primer video del narcotráfico la cual mostraba a delincuentes confesando sus crímenes para después ser ejecutados. Cada una de las tres amenazas me dejaron aterrorizado”, cuenta.
En 2007 una de sus fuentes –a quien identifica como un “investigador estadunidense”– le advirtió que estaba amenazado de muerte por una nota que publicó en el Dallas Morning News, cuya información le fue filtrada por esa misma fuente.
“El investigador de Estados Unidos bajó el tono de su voz. Tenía información confidencial de inteligencia sobre una reunión que se celebró en la casa del narcotraficante Arturo Beltrán Leyva, en Cuernavaca. Líderes de cárteles rivales y funcionarios corruptos del gobierno se habían reunido para poner fin a la violencia y retomar el negocio del tráfico de drogas”, relata el periodista en su libro.
“El plan fue dividir de manera equitativa la distribución de las rutas de las drogas y realinearse, como lo habían hecho durante varias décadas. Los hombres hablaron, bebieron y quedaron de acuerdo en volverse a reunir. Las tensiones entre los capos Édgar Valdez Villarreal, La Barbie, y Miguel Ángel Treviño Morales eran muy profundas. Treviño Morales sospechaba que La Barbie había ordenado el asesinato de su hermano. Se maldijeron y se retaron a un enfrentamiento con pistolas. Sus jefes, particularmente el anfitrión, los calmaron y les advirtieron que estaban reunidos para hablar de negocios, no para resolver asuntos personales. El gobierno de Estados Unidos infiltró a un soplón en esa reunión para que recolectara la información sobre quiénes participaron en el encuentro”, destaca el libro.
Corchado apunta que, según el investigador estadunidense, el gobierno de México y las Fuerzas Armadas tenían conocimiento del pacto que se hizo en la casa de Beltrán Leyva.
Una vez que Corchado publicó el texto sobre ese pacto, le notificaron que podría ser víctima de un atentado en su contra. Su novia Ángela y unos amigos le aconsejaron que informara de la amenaza al entonces embajador de Estados Unidos en México, Tony Garza. Así lo hizo. Garza lanzó advertencias sobre posibles atentados contra periodistas de su país y habló con el gobierno mexicano.
“En México te matan dos veces. Primero con un bala, con un hachazo en la cabeza o con un baño de acido; luego se encargan de regar rumores sobre ti”, escribió el corresponsal del Dallas Morning News.
En lugar de huir inmediatamente de México, Corchado permaneció en el país durante varios días para tratar de corroborar la amenaza y descubrir a los responsables. Después de realizar pesquisas entre funcionarios mexicanos, estadunidenses y con sus fuentes infiltradas en el crimen organizado y las agencias policiales, comprobó que la amenaza se debía a que su nota afectó el reparto de sobornos que, por un monto de unos 500 millones de dólares al año, los cárteles del narcotráfico distribuían entre policías, militares y funcionarios civiles del gobierno mexicano.
“Llame a otra fuente, un mexicano-estadunidense dedicado a depositar dinero en efectivo en bancos de Estados Unidos para los cárteles de México”, destaca Corchado. Esa fuente le contó que se encontró con La Barbie durante una convención empresarial en Cancún. El narcotraficante acudió­ para ver a uno de sus hermanos, agente aduanal de Estados Unidos y quien presuntamente no tenía nada que ver con el trasiego de drogas.
–¿La Barbie en una convención? ¡No mames, güey! –dijo incrédulo Corchado.
–Ni yo lo creía. Pero me saludó en el baño de los hombres después de que se echó una gran meada, se lavó las manos y esperó a que yo terminara y me lavara las manos. Me llamó por mi nombre… No estoy bromeando.
“Mi fuente le pregunto sobre la amenaza y La Barbie le respondió: ‘No somos estúpidos. No somos nosotros, pero no dudaría que fuera el gobierno’”, apunta Corchado.

“¿En qué nos metimos?”

En 2004, cuando Corchado cubría los feminicidios en Ciudad Juárez, una de sus fuentes le pasó el tip de que La Línea, el grupo de sicarios al servicio del Cártel de Juárez, era responsable del asesinato de las mujeres. Mientras cubría una manifestación en la que se exigía justicia por esos crímenes, sonó su teléfono celular. “Un hombre con voz grave, a quien nunca había escuchado, me dijo exactamente dónde me encontraba”.
–Aquí voy detrás de ti por la dieciséis
–le dijo, describiendo la esquina y el edificio donde él se ubicaba en ese momento.
El segundo aviso ocurrió en 2005, durante una visita a las ciudades de Nuevo Laredo, Tamaulipas, y Laredo, Texas, para investigar una historia sobre el Cártel del Golfo y Los Zetas.
Corchado y unos amigos se encontraban en un restaurante muy conocido en Laredo: El Agave Azul. A punto de abandonar el lugar, un mesero se acercó a Corchado y a uno de sus amigos para ofrecerles unas copas de tequila, “cortesía del señor que está en la esquina”, les dijo el mesero. Poco después, el individuo que envío los tequilas se acercó al corresponsal del Dallas Morning News.
Corchado cuenta:
–Me da gusto que esté aquí otra vez. Apreciamos su interés en los dos Laredos. Como puede ver aquí están pasando muchas cosas. Somos una ciudad amigable, con gente grandiosa y mujeres bonitas. Para que vea qué tantas viejas guapas tenemos aquí –dijo señalando a un grupo de mujeres que platicaban con Ramón (su amigo).
–Sí, le dije, sin saber quién era el tipo o si estaba obligado a conocerlo.
–Nosotros tratamos bien a los que vienen de fuera, hasta que comienzan a hacer preguntas sobre Los Zetas.
Corchado recuerda que “había escrito historias sobre la brutalidad de Los Zetas y sus enlaces en el norte de Texas, su modo de actuar violento y sus confrontaciones con la policía local”.
–Aquí las cosas se pueden poner muy locas. Déjame decirte qué pasa con la gente cuando comienza a hacer muchas preguntas: Ellos te levantan, te torturan y luego te hacen pedacitos; una pieza aquí, otra allá, y luego ponen tu cuerpo en un tambo lleno de ácido y te miran hasta que te disuelves –le dijo el hombre.
La tercera amenaza también ocurrió en 2005. Recibió en su oficina de la Ciudad de México un sobre con un DVD. El contenido de éste era macabro: se trataba de un video sobre la ejecución de cuatro hombres, presuntos sicarios del Cártel de Sinaloa. Sus fuentes estadunidenses corroboraron la autenticidad del contenido. Intentó confirmarlo con funcionarios del gobierno mexicano. Solicitó una reunión con José Luis Santiago Vasconcelos, encargado de combatir al narcotráfico durante el gobierno de Vicente Fox.
Después de varias negativas, Vasconcelos aceptó hablar con él. Lo citó a las siete de la noche en su oficina de la PGR, pero lo recibió casi a la medianoche.
–Corchado, esta no es una historia para ti. ¿Por qué no te concentras en historias sobre el turismo? Son más seguras –le dijo el funcionario.
–¿Me está amenazando?
–No, estoy tratando de ayudarte para que estés seguro. Sé que naciste en México. Pero no te preocupes por los problemas de un país que ya no es tuyo. Ahora tú eres estadunidense, concéntrate en otras historias.
A la mañana siguiente The Dallas Morning News publicó la historia de la ejecución de los cuatro presuntos sicarios. En la página en internet del diario se podía revisar una versión editada de la macabra escena. Corchado recuerda que él y Ángela notaron de inmediato la reacción de la prensa mexicana.
Su novia que trabajaba para una cadena de televisión y que también elaboró un reporte de la ejecución dejó a Corchado en La Condesa, donde ambos vivían, porque una de sus fuentes la citó para una reunión.
Corchado se sentó a esperar a Ángela en una mesa de un restaurante. Media hora después, mientras comía una sopa de pollo, Ángela regresó con el rostro desencajado.
–¿Qué pasa? –preguntó
–Esto es serio –dijo ella, explicando que su fuente le había aconsejado que saliera del país lo antes posible.
Ellos, el Ejército, el gobierno o ambos nos harán la vida imposible. Son capaces de todo y lo harían ver como un accidente de auto –le dijo ella.
–¿De qué estás hablando? ¿El gobierno, el Ejército?
–Eso fue lo que me dijeron. El tipo que hacía las preguntas y ejecutó a los hombres en el video era miembro del cártel, trabaja con integrantes del Ejército o de la Policía Federal. No sé, no sé. ¿En qué nos hemos metido?
Corchado comenta que “posiblemente las fuentes estaban en lo correcto. Eran policías federales y soldados trabajando para uno de los cárteles, algo que no habíamos podido confirmar, aunque después lo hicimos”.
“Me puse las manos sobre el rostro y me sobé las sienes, tratando de entender la situación. Mi sopa ya no se veía tan apetitosa. Mi teléfono celular vibraba interrumpiendo nuestra conversación. La pantalla del identificador de llamadas decía que el número estaba bloqueado. Contesté de todas maneras.
Una voz que parecía gruñido me respondió:­
–Cómete tu sopa ahora o cómetela después. A nosotros nos gusta la sopa fría o caliente, hijo de la chingada.
Y colgó.

Fuente Proceso

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